Rescatando antiguos manuscritos mientras sigo tratando de invocar a mi inspiración, este relato corto le ha hecho cosquillas a mis recuerdos. Lo escribí hace muchos, muchos años, como respuesta a un juego de desafíos literarios al que solía jugar con un viejo amigo. Esa vez, conociendo mi debilidad por los cuentos de terror (de ahí el guiño del título), me retó a crear una historia que envolviera a Cenicienta y una motosierra. Lo publico sin editar, tal y como lo escribí entonces: con la descarada e insultante frescura de la inmadurez.
Mientras sus pies se dejan llevar al compás de los acordes de una música lejana, los ojos de Cenicienta (en otro tiempo, Aurora Winter) están fijos en el reloj de pared del Gran Salón. Queda un minuto para que den las doce, y sabe que todo acabará en ese momento.
Delante de ella está su Príncipe, que desliza unas manos insinuantes por su espalda desnuda. Le mira a los ojos, y ve su imagen reflejada en un limpio azul. Y en la imagen que le devuelven aquellos ojos ve su larga melena oscura cayendo en unos cuidadosamente desordenados rizos; se fija un poco más, y se da cuenta de que sus ojeras han desaparecido bajo la capa de maquillaje que le cubre el rostro. El Hada Madrina había hecho un buen trabajo en su Salón de Belleza desmontable. Mira el reloj. Treinta segundos. El tiempo se está agotando, los segundos se le escapan con cada latido de su corazón, latidos que palpitan en sus sienes y retumban en sus oídos.
Sus manos se aferran más fuerte a la espalda del Príncipe, apretando su cuerpo contra ella. Su nariz aspira durante unos instantes el aroma del cabello rubio de aquel hombre. Sus ojos recorren lentamente el salón del baile. No ve ni a su madrastra, ni a sus hermanastras, y una leve sonrisa se dibuja en sus labios finamente perfilados.
Veinte segundos. A través del maquillaje que cubre sus brazos se traslucen unas pequeñas marcas moradas. Sus piernas, afortunadamente cubiertas por el vestido invocado para la ocasión, son mudos testigos de señales mucho mayores.
Diez segundos. La mirada de Cenicienta se vuelve otra vez hacia el Príncipe, sabiendo que será la última vez que le vea. Después la puerta aparecerá ante sus ojos. Por ahí llegará el fin.
Cinco segundos. Las manos cogidas en señal de silenciosa despedida, que su Príncipe jamás llegará a comprender. "Te quiero", parecen decir. "Te quiero", paracen responder las de él.
Cuatro. Se oyen unos gritos al otro lado de la puerta. El corazón de Cenicienta se acelera.
Tres. Suenan unos golpes tras el dintel. El Príncipe se gira, intrigado.
Dos. La puerta comienza a abrirse. Cenicienta cierra los ojos.
Uno.
Choque violento de la puerta contra la pared. Bajo el tapiz aparecieron tres hombres vestidos de negro, con rifles de asalto en las manos. Uno de ellos gritó: "¡Cogedla!" y los otros dos corrieron hacia Cenicienta, la sujetaron con fuerza por los brazos, le esposaron las manos a la espalda. "¿Qué sucede?" preguntó, atónito, el Príncipe.
Uno de los hombres de negro se acercó a él y con una torpe reverencia respondió: "Disculpe esta violenta intromisión, Majestad. Esta joven ha asesinado a su madre y a sus dos hermanas hace apenas un par de horas. Las hemos encontrado en el garaje de su casa, con las cabezas y las manos separadas del cuerpo. El arma del crimen, una sierra mecánica, está cubierta por sus huellas ensangrentadas. Lo siento mucho, Alteza." Y volviéndose hacia los otros hombres gritó: "¡Lleváosla de aquí!"
El Príncipe, sin dar crédito a lo que estaba sucediendo, vio cómo la arrastraban fueran del salón. Cenicienta le lanzó una última mirada, mientras sus labios murmuraban un "te quiero" y sus ojos esperanzados gritaban un "sé que nunca me olvidrás".
Los ojos del Príncipe se fijaron en un punto brillante en el suelo. Se acercó a él y, agachándose, recogió un pequeño zapato de cristal que su querida Cenicienta debía haber perdido en el forcejeo. La pureza de la transparencia de tan delicado objeto quedaba empañada por unas rojas irisaciones que mancharon sus dedos.
Lentamente se incorporó, con el zapato en la mano, y recorrió con la mirada el círculo de horrorizados rostros que se había formado a su alrededor. Con un gesto descuidado, tiró el zapato por encima del hombro. El frágil cristal se rompió en mil añicos contra el suelo, con un ruido que hacía rechinar los dientes. Se miró los dedos manchados y los limpió con un blanquísimo pañuelo que dejó caer con una mueca asqueada.
"¡Que el baile continúe!"
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