Susurras antiguos nombres, como amuletos,
aferrando cada letra con dientes ásperos.
Creías que nada podía tocarte
y despiertas envuelto en llamas,
ardiendo desde tu interior.
La monotonía conocida de voces y silencios
a la que acudías orgullosamente
no vendrá esta vez en tu auxilio.
Estás solo.
Miras a través del cristal anegado de tus retinas
distorsionando una vez más, y a tu antojo
el refugio al que solías huir,
sólo para descubrir que ya no queda nada,
que la jaula quedó vacía tras la tormenta.
Entretanto,
tu piel va convirtiéndose en cenizas,
en fragmentos desechados de ti mismo
que yo inhalo aún ardientes;
y mis pulmones deshacen en un suspiro
todo aquello que creías ser.
Y vuelves tus ojos hacia mí, asustado,
temblando ante el horror de tu propio infierno,
tendiéndome una mano tardía y aún arrogante.
Pero no hay nada que pueda hacer.
No fui yo quien inició el fuego.
Nunca me permitiste existir; me mantuviste enterrada
en algún lugar remoto de tus recuerdos.
Y ahora ese amanecer que no puedes ver
va creándome poco a poco, y muy a tu pesar
van resurgiendo mis alas.
Sí, es cierto.
No fui yo quien inició el fuego.
Pero seré yo quien renazca de tus cenizas.
¡ARDE!
aferrando cada letra con dientes ásperos.
Creías que nada podía tocarte
y despiertas envuelto en llamas,
ardiendo desde tu interior.
La monotonía conocida de voces y silencios
a la que acudías orgullosamente
no vendrá esta vez en tu auxilio.
Estás solo.
Miras a través del cristal anegado de tus retinas
distorsionando una vez más, y a tu antojo
el refugio al que solías huir,
sólo para descubrir que ya no queda nada,
que la jaula quedó vacía tras la tormenta.
Entretanto,
tu piel va convirtiéndose en cenizas,
en fragmentos desechados de ti mismo
que yo inhalo aún ardientes;
y mis pulmones deshacen en un suspiro
todo aquello que creías ser.
Y vuelves tus ojos hacia mí, asustado,
temblando ante el horror de tu propio infierno,
tendiéndome una mano tardía y aún arrogante.
Pero no hay nada que pueda hacer.
No fui yo quien inició el fuego.
Nunca me permitiste existir; me mantuviste enterrada
en algún lugar remoto de tus recuerdos.
Y ahora ese amanecer que no puedes ver
va creándome poco a poco, y muy a tu pesar
van resurgiendo mis alas.
Sí, es cierto.
No fui yo quien inició el fuego.
Pero seré yo quien renazca de tus cenizas.
¡ARDE!
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